Según lo que hemos venido leyendo pareciera que el Capital
trasnacional se movió como un huracán. Aunque en parte esta idea puede ser
cierta resta preguntarnos ¿Acaso nada o
nadie opuso resistencia a este avance precipitoso?
La caída del bloque soviético dio lugar al triunfo a un
conjunto de ideas y prácticas que volvían a desarrollarse desde la década de
1970. Uno de sus precursores fue Milton Friedman, un gurú de la economía
neoclásica que bogaba por retornar a los patrones de la desregulación absoluta
de las actividades mercantiles. El neoliberalismo de la década de 1990 tuvo
tanta fuerza que casi todas las actividades de la vida social pasaron a ser
medidas en términos de mercado. En América Latina, por ejemplo, una ola de
presidencias liberales dio lugar al triunfo del dios mercado. Los gobiernos, aconsejados por economistas de
formación neoclásica, se abrazaron a la idea de que cuantas mayores libertades
se le diera al mercado y cuanto más desregulada estuvieran las actividades económicas
más posibilidades habría de captar esas inversiones que -en teoría- harían crecer las economías
nacionales. Para ello el Estado debía dar un paso al costado. Pero las
inversiones que llegaron no crearon los puestos de trabajo enunciados, ni
propiciaron nuevas oportunidades. Eran inversiones furtivas, con poco o nulo
desarrollo de infraestructuras y centradas en los negocios financieros.
En el caso argentino, las organizaciones sindicales
comenzaron a oponer una tenue resistencia cuando la tarea ya estaba concluida
hacia fines de 1990. Fueron las organizaciones de trabajadores desocupados -la
desocupación había alcanzado picos del 40%-, quienes paradójicamente se fueron
fortaleciendo las que empezaron a enfrentar con cierto grado de coherencia la
situación a la que se estaba llegando.