Ninguna sociedad es ajena
al conflicto, por el contrario el conflicto tiende a surgir de las
condiciones mismas en que una sociedad se reproduce. La sociedad feudal
no fue la excepción. Asimismo existen pues, en toda sociedad, mecanismos
ideológicos que se construyen para contener ese conflicto.
En este caso intentaremos acercarnos al concepto de “Paz de dios”, construcción ideológica elaborada por la Iglesia para reducir el conflicto surgido de la violencia que caracterizó a la clase feudal en el año 1000.
La división de Europa en
innumerables células políticas había tenido como resultado la
multiplicación de los enfrentamientos militares entre distintos
Príncipes y Señores -Los miembros de la Nobleza-, dándose en esta
situación las condiciones para que se desarrollara la guerra como método
fundamental para obtener beneficios económicos a través del pillaje
permanente. Es decir, un Señor Feudal veía su posibilidad de obtener
beneficios atacando a otro Señor Feudal, haciendo la guerra, obteniendo
sus ganancias en caso de triunfar, de la apropiación de los bienes del
Señor atacado e inclusive haciéndose de sus tierras y sus derechos sobre
ella. Por ese motivo, por esa lógica que caracterizó a la sociedad, la
Europa Feudal se vio sumergida en sus primeros momentos en una guerra
total que amenazó las riquezas de los Señores, la riqueza de las
iglesias y por supuesto las posibilidades de supervivencia de las
comunidades campesinas.
Es en este contexto que la Iglesia
intentó establecer un coto a estas guerras que diezmaban poblaciones
enteras, destruyendo como dijéramos los bienes acumulados por las
iglesias locales.
Los
principios de la idea de “Paz de Dios” son muy sencillos: Dios había
delegado su poder en los reyes. Por tal motivo estos tenían la misión de
mantener la paz y la justicia, pero como los reyes ya no eran capaces
de hacerlo Dios reasumía su poder de orden y lo concedía a sus
Servidores, a los obispos apoyados por los Príncipes y Señores locales.
De este modo comenzaron a reunirse concilios y asambleas convocados por
los obispos, y en ellos, participaban los señores más importantes y sus
guerreros. Estas asambleas pretendían disciplinar la violencia e imponer
reglas de conducta a quienes portaban armas. Los concilios recurrían a
sanciones de tipo morales y espirituales. Todos los combatientes debían
comprometerse mediante juramentos colectivos a respetar ciertas
prohibiciones, bajo pena de excomunión -Es decir, bajo pena de venganza
divina-.
La paz de Dios tuvo una
gran influencia en el comportamiento de los hombres y en las estructuras
más profundas de la vida económica. Condicionó los modos en que se
llevaba a cabo la guerra. La guerra era, como dijéramos más arriba, una
herramienta para la obtención de recursos. En adelante, según los
preceptos de los concilios de paz, no fue licito combatir sino dentro de
límites muy precisos. Fueron señalados sectores en los que la acción de
las armas era denunciada como perversa, contraría los designios de Dios
y al orden del mundo. Toda violencia militar fue prohibida en ciertas
áreas aledañas a los santuarios y cuyas fronteras señalaban cruces
levantadas en los caminos.
La Paz
de Dios contribuyó a desviar los poderes de agresión que contenía la
sociedad feudal hacia el exterior del mundo cristiano. A partir de
entonces contra los enemigos de dios, contra los “infieles”, no solo
estaba permitido, sino que era eminentemente saludable guerrear. Los
hombres de guerra fueron por tanto empujados a desplegar la guerra fuera
de los límites de la cristiandad. De este modo, llevando la guerra al
exterior del mundo cristiano, la paz de dios tuvo un doble efecto:
Controlar los males de la guerra al interior de la Europa cristiana, y
favorecer la circulación y obtención de riquezas del mundo externo.
Desde entonces apoderarse
por la violencia militar de los bienes de las iglesias y de los pobres
apareció cada vez más claramente, a quienes tenía la vocación de
combatir, como un peligro para la salvación del alma.